
Mientras Karol Wojtyla se encuentra a solo un paso administrativo de la santidad, a Joseph Ratzinger le toca enfrentarse con el complejo legado del papa viajero, herencia con un síndico que pierde bajo la alfombra el pasivo y con los beneficios hace lo que puede para terminar un papado en paz.
Karol Wojtyla es beato solo seis años después de su muerte y batiendo records luego de superar por dos semanas a Teresa de Calcuta en el camino hacia la beatificación, proceso acelerado gracias a la dispensa otorgada por Ratzinger un mes después de haber asumido como papa, de cumplir el plazo estipulado por el derecho canónico de cinco años desde el fallecimiento del candidato para iniciar el proceso de canonización. La causa, según la comisión médica del Vaticano, fue haber logrado sanar del mal de parkinson a la monja francesa Marie Simone-Pierre, quien estuvo presente en la ceremonia junto a celebridades y políticos, entre los que se encontraba el sanguinario dictador de Zimbabue, Robert Mugabe, quien tiene la entrada prohibida a los países miembros de la Unión Europea. Angelo Amato, prefecto de la congregación para las causas de los santos, adelantó al diario La Repúbblica que desde todas partes del mundo han llegado noticias de posibles milagros realizados por la anterior cabeza del Vaticano, solo resta trabajar con rapidez y rigor para lograr un examen jurídico que transforme al beato en santo, asunto en el que tienen especial interés los grupos que fueron más cercanos a Karol Wojtyla durante su papado, el Opus Dei, Los Legionarios de Cristo y en menor medida la italiana Comunión y Liberación. Aunque de un tiempo a esta parte estos procesos, que antes llegaban a durar incluso siglos, se han transformados en casi cotidianos, y valga el ejemplo de Juan Pablo II, que gracias a la supresión que realizó de la figura del abogado del diablo, una especie de fiscal, sumó 1.342 beatos y 483 santos a la nómina celestial, esta beatificación en particular reafirma en la cúpula del Vaticano al opus además de ayudar a restar entidad a las acusaciones por encubrimiento de abusos sexuales cometidos durante el papado de Wojtyla y la falta de transparencia en los manejos del dinero del estado del Vaticano.
Sin duda el menor problema de Ratzinger, en tiempos donde es normal que los banqueros pongan en riesgo de bancarrota al mundo, son los mercaderes que se niegan a abandonar el templo desde la época del anterior papa. La opción preferencial por los pobres que reclamaba a la iglesia el Concilio Vaticano II fue dejada de lado por movimientos que nacidos en el siglo XX comprendieron que el asunto del rico, el camello y la aguja era una premisa a ser reinterpretada. El año 1982 fué emblemático con la quiebra fraudulenta del Banco Ambrosiano condimentada con la mafia, masones y el sombrío asesinato de su director, Roberto Calvi, colgado de un puente de Londres llamado “El monje negro”, y continúa estos días con imputaciones por lavado de dinero al presidente del Instiuto para las Obras de Religión (IOR) Ettore Gotti Tedeshi por parte de la fiscalía de Roma o el desfalco de 800 millones de euros del que se daba cuenta el pasado febrero producido por un arzobispo de Eslovenia llamado Franc Kramberger.
Pero lo que las alfombras no pueden esconder son los abusos ocurridos durante la gestión anterior. Los abusos dentro de la iglesia fueron un hecho que Karol Wojtyla prefirió ignorar. Con seguridad no imaginó la forma adecuada para lidiar con el escándalo que significaría el reconocimiento de innumerables casos de pedofilia que se repetían alrededor del mundo pero su política de tolerancia provocó una mancha solo comparable con las atrocidades cometidas por la Santa Inquisición. Fueron tantos los casos ocurridos o denunciados durante el papado anterior que hacen difícil imaginar que el silencio que desde la cúpula del Vaticano acompañó a las víctimas haya sido a causa de la ignorancia. Jesuitas alemanes denunciados por abusos a más de 200 menores, Holanda a la cabeza del mundo con más de 1.900 denuncias por abusos cometidos dentro de órdenes religiosas, el actual obispo de Ratisbona reconoció que se produjeron abusos sexuales durante 15 años dentro del coro, en ese tiempo a cargo del hermano de Benedicto XVI, Georg Ratzinger, el gobierno de Irlanda concluyó a través del Informe Ryan que 25.000 menores habían sido víctimas de abusos por parte de 400 religiosos durante el período de 1975 al 2004, en Bélgica hubo medio millar de denuncias y la renuncia del obispo de Brujas acusado de pedofilia en contra de su sobrino, el obispo noruego Georg Müller renunciaba luego de reconocer haber abusado sexualmente de un monaguillo, el monseñor Burke, de la archidiocesis nigeriana de Benin City en Nigeria abandonaba su cargo después de salir a la luz abusos cometidos por él durante veinte años, el obispado de Dublín a cargo de Diarmud Martin reconocía que más de cien sacerdotes de su diócesis están acusados o son sospechosos de haber abusado sexualmente de 390 menores, casi 70 ex alumnos de los institutos italianos para sordomudos Provolo de Verona, firmaron una denuncia en donde afirmaban haber sido víctimas de abusos por parte de los religiosos.
La manifestación endémica de abusos dentro de la iglesia encuentra una explicación posible en la protección que encontraban los abusadores por parte de sus superiores, que con el fin de evitar el escándalo para la congregación y con indulgencia cristiana trasladaban al religioso acusado, lo que nos lleva a imaginar la situación de un pederastra a quien como castigo se lo traslada una ciudad en donde nadie sabe de su pasado. Aunque con esfuerzo se llegue a la conclusión que en este asunto el todo es más importante que las partes, que es más relevante la reputación de la iglesia que la indecencia de un sacerdote y la suerte de su víctima, existe un caso paradigmático de un pedófilo que no se vió beneficiado por lo que podríamos llamar la coyuntura de cuidar el buen nombre de la iglesia, sino que lo que se buscó fué proteger al pederastra cuya historia recorre los papados de Pio XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Su nombre fue Marcial Maciel, mejicano fundador de Regnum Christi y los Legionarios de Cristo que cuentan con más de 80.000 miembros en 38 países y un patrimonio estimado en 25.000 millones de euros llevó una vida carente de escrúpulos que solo fue reconocida por el Vaticano cuando Maciel tenía ya 86 años, dos años antes de su muerte en el año 2006. Karol Wojtyla dijo de él que era “un guía eficaz de la juventud”, corría el año 1994, Maciel acumulaba denuncias desde el año 1944. En ese año fue acusado ante el obispo de Cuernavaca de haber abusado sexualmente de un niño de 13 años, en 1956 luego de ser denunciado por legionarios de haber sido víctimas de abusos se le prohibe la entrada en Roma, solicitar entrevistas con cardenales y es suspendido como superior general de la congregación, en 1962 es denunciado por el vicepresidente del colegio de farmarcéuticos de San Sebastián, Manuel Castro Perez, por intentar comprar morfina de forma irregular y de intento de soborno a él y a la policía española, Juan José Vaca junto a otros 20 ex legionarios envían en el año 1976 a través del nuncio de Washington una carta denunciando los abusos de los que fueron víctimas por parte de Maciel. En el año 1979 el papa viajero realiza su primera misión apostólica fuera de Italia, el destino es Méjico y el responsable de la recepción es Maciel. Durante el papado de Wojtyla fue la congregación con más crecimiento, el brazo económico de los legionarios, Integer, llegó a tener una nómina de 20.000 empleados, a esas alturas debía ser llamado por los miembros de sus congregaciones como “Nuestro Padre” y había impuesto un cuarto voto con la obligación de no criticar a sus superiores y denunciar a cualquier hermano que lo hiciera. En estos años nace la única hija que ha comprobado la paternidad de Marcial Maciel a través de exámenes de ADN, Norma Hilda Rivas Baños, aunque hay otras cinco demandas en curso, en 1990 viaja en el avión papal junto a Wojtyla a la segunda visita apostólica a Méjico a pesar que el año anterior dos legionarios acusaban a Maciel de haberlos sometido a actos de pedofilia, en 1997 en un reportaje del diario “The Hartford Courant”, de Connecticut, ocho denunciantes lo acusan de abusos sexuales, en 1999 el obispo Carlos Talavera se traslada desde Méjico al Vaticano para reunirse con Joseph Ratzinger, en ese entonces y desde 1981 Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Santa Inquisición y encargada de autorizar las investigaciones, le entrega el testimonio de Alberto Athié en donde afirma que Maciel ha cometido abusos, en abril del 2004 el cardenal chileno Jorge Medina Estévez entrega a Ratzinger un dossier de denuncias en contra de Maciel, en noviembre de ese año, cinco meses antes de su muerte, Karol Wojtyla encabezaba en el Vaticano un homenaje a Marcial Maciel por sus 60 años como sacerdote. Siete años después de la publicación del reportaje del periódico de Connecticut, cinco después de su entrevista con el obispo Carlos Talabera, Ratzinger autoriza la apertura de la investigación por las acusaciones de pedófilo que perseguían desde la década del cuarenta al fundador de los Legionarios de Cristo. Marcial Maciel, Nuestro Padre, alias Raúl Rivas, fue invitado en mayo del 2006 a retirarse a una vida de oración y penitencia a través de un comunicado en el que no se hacía referencia alguna a las acusaciones pero si que se prescindía de un proceso canónico dada la avanzada edad Maciel y su frágil estado de salud. Murió dos años después, Dios lo tenga en su gloria.