
Escondí los últimos 150 dólares, de una cortísima fila de dólares, entre los libros de mi biblioteca. No los guardan Tom Sawyer ni el Señor Bergeret en París. Le confieso que nunca se los hubiese confiado a Marx ni Proudon sabiendo que eran mis últimos ahorros. Sí, el Padre Brown comenzó la búsqueda en cuanto supo de la desaparición y hasta el momento no la abandona. Ulises, con tantos puertos por delante, que si ve algo me avisa. No, con Sábato ni me hablo, Cohelo podría ser pero por aquí no vino, no descarto una barra del barrio de Flores ni una pérdida irremediable en un laberinto borgeano y no, no sería tan imbécil como para guardarlos en Fahrenheit 451.
Sherlock Holmes, pipa en mano, mirada perdida y ojos rojos de tanto opio, me clavó la vista y dijo: "No es nada entonces, un típico caso de secretos que se convierten en olvido, dejeló nomás, a veces pasa."
Sherlock Holmes, pipa en mano, mirada perdida y ojos rojos de tanto opio, me clavó la vista y dijo: "No es nada entonces, un típico caso de secretos que se convierten en olvido, dejeló nomás, a veces pasa."
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