domingo

El teatro de la vida





Es verdad que estoy tomando solo, lo confieso por la ausencia de cortinas, o lo que es lo mismo, lo confieso por la inevitable ausencia de dinero para cortinas que hacen de mi ventana una pantalla de cien mil pulgadas donde mis extraños vecinos, tan pobres como yo, es decir sin televisor, es decir de comida salteada, es decir gente con pantalones grandes pero de vileza extraordinaria, se distraen por las noches desde la oscuridad del pasillo que recorre de punta a punta el conventillo donde he venido a dar masturbándose y haciendo gala de un voyeurismo soberbio, manchan con su moral los vidrios de mi ventana. En un principio sólo adivinaba la presencia de la vecindad por la luz de los cigarrillos en la oscuridad, con el tiempo, más por descuidos de ellos que por astucia mía, logré escuchar las voces sorprendidas de sus hijos al ver la intimidad del hombre de la bolsa.

Debo decir que me debo a mi público y estimo que no defraudo en la representación del papel que ha venido en suerte, todas las noches me pueden ver, desde las nueve de la noche y hasta que yo concluyo que ya han ido todos a dormir, emborrachándome en la soledad de mi casa como si ellos no estuviesen merodeando a tres metros de mi ventana, tan grande y sin cortinas. Claro que con el tiempo no fueron sólo los niños del condominio, rápido corrió por el barrio la dirección del hombre de la bolsa y mi papel, educador sin dudas para esos polluelos, era sublime. Llegué a tener la idea, y a realizarla puntillosamente hace pocos días, de terminar una noche de pleno invierno dormido entre medio de insultos y desnudo bajo el farol de la puerta de entrada. Antológico. Tan bueno fue el papel que desperté tapado con unas frazadas que los padres de los niños santamente acercaron de sus casas, aún así fueron luego tres días en absoluto reposo donde la ventana estuvo apagada y sólo se escucharon suspiros en el pequeño jardín. Los padres de los niños del séptimo “c” han venido a felicitarme, los Fernández han enviado un estofado perfecto y las notas de agradecimiento llegaron por debajo de la puerta durante seis días. El agradecido soy yo, pero el papel de gerente de banco en Santiago no es una cosa de todos los días y mi cuerpo ya está algo resentido de tanto hombre de la bolsa. Un poco de banquero gordinflón y cocainómano me vendría bien, al menos por unos años hasta ver algo para el retiro, yo aspiro a que me toque el nombre de una calle, tal vez un pequeño busto de bronce por haber ganado alguna batalla o un monumento por el descubrimiento de la penicilina un día antes de la epidemia. Nunca se sabe.

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